Hecho en Bs. As. – diciembre 2008

A CULTIVAR
QUE SE ACABA EL MUNDO


EL CONFLICTO DEL AGRO OCUPO SIN DUDAS EL MAYOR ESPACIO NO SÓLO EN LOS MEDIOS SINO EN TODO EL ESPECTRO DE LA OPINIÓN PUBLICA ARGENTINA E INCIDIÓ EN LA VIDA DE TODOS NOSOTROS DE UNA MANERA MARCADA DURANTE GRAN PARTE DEL AÑO. SE HABLO Y SE HABLA, Y SE VIVENCIA, LA CRISIS ALIMENTARIA MUNDIAL (QUE TRAJO DE LA MANO LA TAN MENTADA EN LOS ÚLTIMOS MESES “CRISIS FINANCIERA GLOBAL”) Y ESTAMOS ESTRENANDO UN 2009 QUE LLEGA SORPRENDIÉNDONOS CON LA PARADOJA GLOBAL DE CRISIS.

PERO DEL OTRO LADO DE LA RUTA, Y NO SÓLO EN LAS RUTAS ARGENTINAS, ORGANIZACIONES SOCIALES, MOVIMIENTOS Y ACTIVISTAS, HACE LARGO TIEMPO QUE ESTÁN TRABAJANDO PARA SU SOBERANÍA ALIMENTARIA.

 HBA SALIÓ A RECORRER HUERTAS URBANAS, CONVERSÓ CON PEQUEÑOS PRODUCTORES, CON ACTIVISTAS QUE SE METIÓ EN LA AGROECOLOGÍA Y EN INICIATIVAS DE DESARROLLO RURAL Y DESCUBRE UNA FILOSOFÍA DE VIDA DETRÁS DE LA ACTIVIDAD RURAL SUSTENTABLE


A CULTIVAR QUE SE ACABA EL MUNDO

Las opciones para enfrentar la crisis más elemental, la más crítica de todas las que salieron a la luz este año en la Argentina y el mundo, están relacionadas con la soberanía alimentaria y en contra de las paradojas que deja como saldo la globalización en los sistemas alimentario y financiero: el hambre y el sobrepeso en convivencia con la pobreza.

La soberanía alimentaria es el “derecho de los pueblos, de sus países o uniones de estados a definir su política agraria y alimentaria; el derecho de los campesinos a producir alimentos y el derecho de los consumidores para poder decidir lo que quieren consumir y cómo y quién lo produce”. Tal es la definición dada en 2004 –y presentada en la Cumbre Mundial de la Alimentación en Roma en 1996-- por Vía Campesina, un movimiento internacional de trabajadores rurales que desde su creación en 1993 en Bélgica incorporó a más de 132 de organizaciones agrícolas en 56 países y, de algún modo anticipatorio, contrarrestó la inviabilidad de los agronegocios con economía campesina y promoción de mercados locales.

La cuestión paradojal apunta al modo de producción de los alimentos, y constituye un alejamiento del modelo global que llevan adelante la Organización Mundial de Comercio (OMC) y la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Se trata, en suma, de poner en juego otras maneras de producir alimentos y de comer, de producir cantidad y calidad, de proteger los recursos naturales, de reorganizar el comercio alimentario. Y, según se desprende de las “conclusiones” de la Cumbre celebrada en noviembre en Washington entre países del primer mundo y del otro, se trata de reformar el sistema en sí.

Mientras tanto --y se podría decir que al menos desde comienzos de este milenio--, la agricultura familiar y comunitaria se fue consolidando por estos lares sobre la base de las mismas ideas. La soberanía alimentaria es una soberanía política. Y en eso parecen estar de acuerdo los trabajadores rurales que abogan por un modelo de desarrollo agrario que corrija las desigualdades tanto sociales y regionales como de condiciones de acceso a la tierra, recursos básicos e instrumentos de política agropecuaria.

 

Todos los paises del Mercosur se pueden autoabastecer 

El Foro Nacional de la Agricultura Familiar (FONAF), coordinado por Miriam Bruno y presentado como independiente en cuanto a posición política o religiosa, opera formalmente desde 2005 y está integrado por más de 900 organizaciones de agricultores familiares. Aunque es el actual interlocutor del Estado a la hora de implementar políticas para el sector, cabe recordar, sin embargo, que el vasto campo argentino cuenta con diversas agrupaciones que incluyen también a pequeños productores y entre las cuales figuran el Movimiento Nacional de Campesinos y las cuatro entidades que mayor representatividad han alcanzado en los últimos dos años, especialmente el que termina: Sociedad Rural Argentina, Confederaciones Rurales Argentinas --CRA--, Confederación Intercooperativa Agropecuaria Cooperativa Limitada --Coninagro-- y Federación Agraria.

La diferencia radica en que, además de cobijar a las organizaciones agrícolo-familiares, el FONAF promueve una reforma agraria integral que revierta el modelo de los llamados agronegocios vinculados al modelo agroexportador o concentrador. “Los países del Mercosur han hecho su reforma agraria, la Argentina no”, aclara la coordinadora del Foro para luego destacar que, por ejemplo, en Brasil, gracias a la reforma y a la participación de la sociedad civil, hoy existen dos Ministerios a través de los cuales se implementan políticas de desarrollo rural basadas en la lógica de la soberanía alimentaria. “De hecho –agrega-- todos los países del Mercosur se pueden autoabastecer y el FONAF defiende ése modelo productivo: la alternativa de la agricultura familiar que, en sintonía con la región, asegure los alimentos a los argentinos. No queremos que nadie se vaya del campo a los cordones urbanos a seguir consumiendo miseria”.

Los grandes temas a resolver en el país son la tierra, el agua y la comercialización de la producción, y hacia allí están enfocadas las Propuestas para un plan estratégico de desarrollo rural 2006-2008, el documento del FONAF aprobado por el gobierno de Cristina Fernández. “Pero también hay otro tema –señala Miriam Bruno-- que es el provincial, porque algunas provincias siguen vendiendo la tierra a los extranjeros, y está el tema de género en la producción: el rol de la mujer, relegada en el campo, y el rol del hombre, relegado en la ciudad por la desocupación y en donde las mujeres preparan las mermeladas y salen a venderlas a los mercados”.

Dado que en la Argentina la reforma está por hacerse y que existen organismos que fijan normativas para los países del Mercosur como el Grupo Mercado Común (GMC), el Foro, que ya agrupa a más de 180.000 familias y cuenta con representantes de 19 provincias, brega por tener organizaciones organizadas. “Tenemos mucho trabajo, mucha responsabilidad y muy pocos recursos”, señala Bruno.

En sus Propuestas, los integrantes del FONAF rechazan expresamente toda concepción sobre Agricultura Familiar que de lugar a “políticas para pobres” y clasifican a los productores según categorías tales como subsistencia, reproducción simple, reproducción ampliada con nivel bajo o alto de capitalización, etc., con el fin de que se apliquen políticas ad-hoc. En el mismo sentido se orientan la creación del Registro Nacional de la Agricultura Familiar (RENAF), que ya cuenta con la resolución N° 255/07 y que es lo que le falta a la Argentina para nivelar a ese respecto con sus vecinos del Mercosur, y la puesta en marcha de una política de caracterización y registro de “Producto de Agricultura Familiar”.

DECISIONES POLÍTICAS 

“La Dirección de Políticas Públicas de la Subsecretaría de Desarrollo Rural y Agricultura Familiar (SAGPyA) se creó cuando hubo una decisión política, cuando el Estado hizo lugar a la necesidad de tener un ámbito institucional específico más importante para diseñar políticas de Estado para la agricultura”, señala Pedro Cerviño, Director de la Subsecretaría que depende del Ministerio de Economía de la Nación.

La decisión llegó en pleno conflicto entre el gobierno y el campo. Más paradojas. En marzo fue decretada la creación y en agosto la puesta en función que se produjo como consecuencia de las actividades llevadas a cabo desde 2006 por las organizaciones nucleadas en el FONAF. Cerviño, ex-coordinador del Foro, admite que ese año, con Felisa Miceli al frente del Ministerio de Economía, las mismas propuestas habían sido rechazadas por no haber acuerdo respecto “del concepto de desarrollo rural”. Y, repecto del conflicto que pareciera haber apurado su nombramiento, toma distancia: “Hay poca relación, era una cuestión impositiva. No involucraba a los pequeños productores. Se trataba del modelo de los agronegocios, que no es el nuestro”, aclara para luego puntualizar que en el terreno de la agricultura familiar existen diferentes modelos productivos. “Algunos son agroquímicos, como el tabaco o las hortalizas --con importante insumo de sustancias--, y otros, que cada vez son más, forman parte de la agroecología. Este último modelo es hacia adonde intentamos ir”. Pero aunque es el ideal en lo que a sustentabilidad refiere, el desarrollo rural a pequeña escala no está exento del uso de insumos de agroquímicos y transgénicos. “La Subsecretaría está obligada a asistir a todos --puntualiza Cerviño-- a los tabacaleros, por caso. Y a los sojeros; que el 99% de la soja es transgénica, es decir, que es un cultivo con alta dependencia de insumos de glifosato. Es un buen negocio, pero fatal para la tierra”.

El Director de Políticas Públicas refiere que la agricultura familiar provee alimentos a la sociedad en cantidad y en calidad pero que las condiciones de accesibilidad aún no están dadas. “La comercialización está cortada por las grandes firmas de supermercados –multinacionales-- y resulta necesario armar un sistema de distribución por fuera de esa cadena que proporcione valor agregado”.

Para que el sistema sea eficiente y la población esté abastecida por la agricultura familiar faltan mecanismos legales de orden impositivo y sanitario. Ésa es la parte del Estado que “lleva organización y tiempo, pero es lo que estamos intentando”, afirma Cerviño para recalcar: “Queremos que haya un monotributo para la agricultura familiar por categoría, de acuerdo a su capacidad productiva, sus ingresos, etc., de manera que el que sólo produce para autoabastecimiento no pague impuestos pero pueda vender lo que produce. Y el que pueda pagar, que pague. La AFIP ya está de acuerdo”.

Los problemas estructurales como la vivienda rural, la electrificación, el acceso al agua y las vías de transporte parecen ser obstáculos más fáciles de despejar, siempre que haya fondos.

El ex-coordinador de agricultores familiares considera imprescindible la implementación de políticas activas que incentiven al sector. Los pequeños productores representan el 70% de las unidades agropecuarias del país y, para garantizar la soberanía alimentaria, es necesario , en concordancia con las Propuestas del FONAF, afianzar la agricultura con agricultores.

“Lo que quedó demostrado –dice Cerviño-- es que el sistema capitalista es injusto e inviable en términos de equidad y que tenemos la oportunidad de ofrecer alternativas. Todo el sistema que se sostiene en las finanzas no nos resuelve los problemas cotidianos. Necesitamos mecanismos de solidaridad que proporcionen soluciones para el conjunto”.

Modelo de cultivo

Después de la crisis argentina de 2001 y ante el aumento del número de personas con necesidades básicas insatisfechas Rosario, la segunda ciudad en importancia del país en cuanto a población y ubicada en la provincia de Santa Fé, apostó al desarrollo de las huertas urbanas. Mediante la implementación del Programa Nacional Pro-Huerta del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y el apoyo del gobierno municipal, las huertas urbanas comenzaron a proliferar. Ya en 2002, 450 huertas eran el autosustento de varias familias y el paliativo de su situación. Hoy existen 800 huertas comunitarias urbanas en las que trabajan más de 10.000 personas en un proceso que va de la siembra a la venta.

Cinco años pasaron entre lo que parecía ser un programa piloto y lo que es una de las “diez mejores prácticas del mundo para mejorar las condiciones de vida”, según ha reconocido la Organización de Naciones Unidas (ONU), lo cual da cuenta de la operatividad que se obtiene cuando el Estado y la sociedad civil van por el mismo camino y del mismo lado.

El crecimiento de este modelo se vincula no sólo con el gobierno rosarino a través del Programa de Agricultura Urbana (PAU) que incluye la organización de ferias en seis puntos de la ciudad, sino también con la participación del Centro de Estudios de Producciones Agroecológicas (CEPAR) de Rosario, que promueve la producción de hortalizas orgánicas en el marco de un sistema económico solidario.

Aunque de acuerdo con Wordpress, una hectárea utilizable puede sostener a tres familias, las huertas urbanas comunitarias tienen otras ventajas: proporcionan valor agregado a sus productos. Dadas su calidad y presentación suelen, además, contar con excedentes para comercializar. Y eso es lo que sigue atrayendo a quienes se apuntan en los talleres de difusión y capacitación: comenzar un emprendimiento propio. O con algún vecino, si hay terreno.

A Cultivar que se acaba el mundo

Cifras:

  • Más de 860 millones de personas padecen de hambre en el mundo. De estos, unos 830 millones viven en países en desarrollo.

  • En la Argentina, el 30,3% de la población (11,8 millones de personas) vive en la pobreza. Entre ellas, 2 millones se encuentra en estado de indigencia.

  • Aunque América Latina es exportadora de agroalimentos, el 10 10% de su población sufre de desnutrición.

  • Cerca del 50% de la humanidad vive con menos de 2 dólares por día y unos 1.000 millones con menos de un dólar diario.

  • Las reservas de alimentos en el mundo están en el nivel más bajo de los últimos 30 años.

A CULTIVAR QUE SE ACABA EL MUNDO es una serie de informes de Hecho en Bs. As., con ICEI y sus proyectos en el Cono Sur con el objetivo de promover y fortalecer la agricultura familiar y la soberanía alimentaria, y comunicar qué están haciendo sus actores.

ICEI es una ONG italiana de cooperación para el desarrollo dedicada a generar modelos innovadores de intercambio social, económico y cultural, promoviendo la autonomía y participación de comunidades en riesgo para erradicar la pobreza a través de la valorización del capital humano y de los recursos locales.