Hecho en Bs. As. - Julio 2009

A cultivar que se acaba el mundo. Parte 8

ALLÁ LEJOS Y HACE TIEMPO

Desde Río Negro, un grupo de pequeños productores plantea un nuevo modelo de país. El poco margen de maniobra de los productores familiares. La anhelada sinergia con el Estado. Tomás Astelarra escuchó sus propuestas y sus desafíos.

 

Por la Av Callao, yendo del Hotel Bauen hacia un cercano restaurante de Congreso, una espesa y variopinta comitiva de agricultores familiares camina desapercibida entre apurados oficinistas, publicidades electorales y kioscos de diarios que cotillean sobre conspiraciones de poder, fraudes de encuestas y oscuras tramas en la vida de afamados personajes.

De baja estatura, andar cansino y silencio largo antes de hablar, a Pedro Collio se le nota a la legua que no es de acá. Viene de la mismísima Patagonia, y es el tesorero de la Federación de Cooperativas de la Región Sur (Fecorsur), organización que nuclea 500 productores laneros mapuches de la línea sur, cerca de Ingeniero Jacobacci.

Comenzaron su trabajo en 1994 con la intención de buscar mejores condiciones de comercialización para sus productos. “Primeramente lo hacíamos a través de licitaciones pero el problema es que nos compraban la mejor lana y la de menos rinde nos quedaba y se nos hacía muy difícil venderla a buen precio. Hasta que logramos un acuerdo con Central Lanera Uruguaya (CLU). Nos sacaron del apuro: Nos compran toda la lana que producimos y nos dan un prefinanciamiento para que los productores puedan abastecerse de insumos”, explica. En la zafra 2007/2008, lograron exportar mediante esta alianza casi 250.000 kilos de lana de productores del sur de Río Negro, Chubut y La Pampa de razas merino y corriedale. Un récord para una alianza de pequeños productores.

Ya solucionado el tema de la comercialización, Fecorsur pudo centrarse en otras estrategias de fortalecimiento: talleres de capacitación o programas para que los jóvenes no abandonen el campo. “Nosotros vemos difícil la situación porque el productor, por estudio de sus hijos o trabajo generalmente se va, y después es muy difícil volver a traerlo. En los campos hay gente mayor y gente muy joven hay poca. Ese es un desafío a largo plazo muy importante para nosotros”. Otro de los desafíos es la diversificación de la producción para que los productores no estén atados a los vaivenes del precio internacional de la lana. Para esto se han implementado programas de agricultura familiar que han contado con el apoyo de la Subsecretaría de Desarrollo Rural y Agricultura Familiar creada el año pasado.

Cuando se le pregunta sobre la siempre lejana y lenta intervención del Estado, Pedro Collio dice: “La Subsecretaria nos está dando la posibilidad de superar las dificultades de pequeños productores, y tenemos que aprovechar esto, para poder producir dignamente y poder decir: yo soy productor y vivo de esto. Que es difícil, aunque conformar cooperativas nos ha ayudado muchísimo, porque, como dicen, la unión hace la fuerza. Eso nos ha llevado a crecer, y ahora el Gobierno nos ha dado la posibilidad de tener eso en cuenta. La lucha que hemos tenido nos ha hecho fuertes y nos ha visibilizado. Entonces el Gobierno se ha dado cuenta que los pequeños productores éramos importantes. Finalmente nos ha escuchado”.

 

Y sí, la unión hace la fuerza

A su lado, Mónica Torres, de la Asociación de Productores de Aromáticas Alto Valle, que desde 2003 nuclea unos 30 productores de hierbas de la localidad rionegrina de Cipolletti, coincide con aquello de que la unión hace la fuerza.“Nosotros seguimos adelante porque nos subsidiaron y pudimos comprar maquinaria y el municipio nos dio como comodato un local de un colegio que estaba abandonado para que pudiéramos comercializar los productos. Al ser muchos podemos exigirle más cosas a la municipalidad. Si vamos todos, nos tienen que dar bolilla”, aclara y se queja del esfuerzo que muchas veces requiere pararse en ese lugar periférico que marca no sólo su ubicación geográfica sino también su rol de agricultora familiar. “Necesitamos otras cosas en la región que las que se necesitan acá (por Buenos Aires)”.

“Por ejemplo, hay que incentivar la parte educativa para que halla más escuelas que se dediquen a la parte agropecuaria. O el sistema para ONGs es muy lento; la gente se termina cansando. En mi caso, se me rompió el tractor. Sale re caro, y pedimos financiamiento. Pero tardaron tanto en decir que sí, que cuando llegó el subsidio hace un mes, ya no lo necesitaba, había pedido plata por otra parte”, cuenta.

 

Otro modelo

“En Patagonia y otros lugares hay muchos programas de cooperación internacional donde la burocracia imposibilita la llegada directa a los productores. Estamos acostumbrados a planes nacionales o internacionales ya pre-armados y se hace difícil adecuarlos a las particularidades de cada región. Ya sea en el caso de las ONGs o del Estado, lo importante es que hoy las cosas se empiezan a dirimir desde las bases, escuchando las propuestas directas de los productores. Son los que tienen que ser parte activa de principio a fin en todas las discusiones y construcciones del territorio, pensando en la reestructuración y la consolidación del modelo productivo en el que estamos parados. Un modelo de trabajo y soberanía alimentaria”, afirma Gabriela Degorgue, delegada para la Patagonia del Foro Nacional de Agricultores Familiares (FONAF).

Del otro lado de la mesa, Miguel Gortaria, delegado de la Subsecretaria de Agricultura Familiar para la Patagonia, da su visión: “Hay una nueva visión de política de Estado, donde estamos poniendo un énfasis muy fuerte de los productores familiares”.

Para Gortaria, no se trata de una política partidaria ni que tenga que ver con un Gobierno sino de acciones que han caído por su propio peso ante un esquema de sociedad y producción que ha hecho crisis.

Por un lado, los datos dicen que en los últimos años desapareció 25% de la estructura agropecuaria del país (más de 100.000 pequeños productores). Por el otro, hay datos que aseguran que los agricultores familiares, ocupando apenas 13% de las tierras cultivadas aportan 53% del empleo rural, representan 66% de las explotaciones agropecuarias y producen 80% de la producción hortícola. Es decir: ellos son los responsables de la ensalada que comemos los habitantes urbanos, mientras leemos los diarios, sin enterarnos de nada. Aquí es, donde, dice Gortaria: “el consumidor juega un rol central en este proceso de cambio”.

 

Agricultura familiar, problema de todos

“Es un problema del conjunto de la sociedad, porque el que consume tiene que consumir todo lo necesita consumir y de la calidad que necesita consumir. Y eso el modelo de producción actual de la Argentina no lo hace. Por eso desde el Estado hay un cambio de las antiguas políticas para el pobrerío rural a nuevas estrategias que tienen a la agricultura familiar como punta de lanza para la reestructuración del modelo agropecuario. Obviamente entre este objetivo que te estoy diciendo y el logro efectivo hay un trecho largo que recorrer. Es un proceso contradictorio porque los intereses en juego son muchos y son concentrados, y los agricultores familiares hoy, como están, no tienen mucho margen de maniobra para llevar adelante este proceso. Es un problema de fondo que no se resuelve con ninguna elección, no es un problema de partidos, sino de proyecto político de país. Y no es un problema agropecuario sino del conjunto de la sociedad. La agricultura familiar implica un proceso productivo que no degrade el medio ambiente, que genere trabajo, nuevas formas de participación y demandas de formación universitaria, y sobre todo un cambio de mentalidad, un cambio cultural. Implica profundísimos cambios estructurales en cada una de las instancias del Estado en función de la inserción del país en un contexto internacional que está comenzando a generar nuevas demandas. Esa es la oportunidad. Si no lo logramos, Argentina quedará reducida a ser una pequeña parcela productora de soja, commodities, petróleo (hasta que se agote), campos vacíos y centros urbanos que lo único que generan es una relación con los recursos naturales totalmente ineficiente, con una distribución totalmente desequilibrada de la población, deshumanizando las personas. Un modelo que es pasto para la drogadicción y la prostitución, un esquema donde no hay posibilidad alguna para el ser humano”.

Ya adentrándonos en una de esas charlas de café que abundan en Buenos Aires, quizás recordando aquel Río sin orillas de Juan José Saer, recodamos que, allá lejos y hace tiempo, antes de la llegada de los conquistadores o el flamante modelo inglés de revolución industrial, Buenos Aires era un lugar inhabitable para los hombres, un pantano donde los indios apenas se atrevían a adentrarse entre alimañas y pastizales. También allá lejos y hace tiempo, en la mismísima Patagonia, ignotos seres de baja estatura, andar cansino y silencio largo antes de hablar, cultivaban la tierra para alimentar a sus familias. Eso que ahora se dice en llamar Agricultura Familiar. Y que ahora tanto debe promoverse para un nuevo modelo sustentable de país.

A Cultivar que se acaba el mundo

A CULTIVAR QUE SE ACABA EL MUNDO es una serie de informes de Hecho en Bs. As., con ICEI y sus proyectos en el Cono Sur con el objetivo de promover y fortalecer la agricultura familiar y la soberanía alimentaria, y comunicar qué están haciendo sus actores.

ICEI es una ONG italiana de cooperación para el desarrollo dedicada a generar modelos innovadores de intercambio social, económico y cultural, promoviendo la autonomía y participación de comunidades en riesgo para erradicar la pobreza a través de la valorización del capital humano y de los recursos locales.